Texto completo del mensaje del Santo Padre Francisco para la celebración de la Jornada Mundial de la Paz que se celebra el 1 de enero
1. Al comienzo de un nuevo año, que recibimos como
una gracia y un don de Dios a la humanidad, deseo dirigir a cada hombre y
mujer, así como a los pueblos y naciones del mundo, a los jefes de Estado y de
Gobierno, y a los líderes de las diferentes religiones, mis mejores deseos de
paz, que acompaño con mis
oraciones por el fin de las
guerras, los conflictos y los muchos de sufrimientos causados por el hombre o
por antiguas y nuevas epidemias, así como por los devastadores efectos de los
desastres naturales. Rezo de modo especial para que, respondiendo a nuestra
común vocación de colaborar con Dios y con todos los hombres de buena voluntad
en la promoción de la concordia y la paz en el mundo, resistamos a la tentación
de comportarnos de un modo indigno de nuestra humanidad. En el mensaje para el
1 de enero pasado, señalé que del «deseo de una vida plena… forma parte un
anhelo indeleble de fraternidad, que nos invita a la comunión con los otros, en
los que encontramos no enemigos o contrincantes, sino hermanos a los que acoger
y querer».(1) Siendo el hombre un ser relacional, destinado a realizarse
en un contexto de relaciones interpersonales inspiradas por la justicia y la
caridad, es esencial que para su desarrollo se reconozca y respete su dignidad,
libertad y autonomía. Por desgracia, el flagelo cada vez más generalizado de la
explotación del hombre por parte del hombre daña seriamente la vida de comunión
y la llamada a estrechar relaciones interpersonales marcadas por el respeto, la
justicia y la caridad. Este fenómeno abominable, que pisotea los derechos
fundamentales de los demás y aniquila su libertad y dignidad, adquiere
múltiples formas sobre las que deseo hacer una breve reflexión, de modo que, a
la luz de la Palabra de Dios, consideremos a todos los hombres «no esclavos,
sino hermanos».
A la escucha del proyecto de Dios sobre la humanidad
2. El tema que he elegido para este mensaje recuerda la carta de san Pablo a
Filemón, en la que le pide que reciba a Onésimo, antiguo esclavo de Filemón y
que después se hizo cristiano, mereciendo por eso, según Pablo, que sea
considerado como un hermano. Así escribe el Apóstol de las gentes: «Quizá se
apartó de ti por breve tiempo para que lo recobres ahora para siempre; y no
como esclavo, sino como algo mejor que un esclavo, como un hermano querido»
(Flm 15-16). Onésimo se convirtió en hermano de Filemón al hacerse cristiano.
Así, la conversión a Cristo, el comienzo de una vida de discipulado en Cristo,
constituye un nuevo nacimiento (cf. 2 Co 5,17; 1 P 1,3) que regenera la
fraternidad como vínculo fundante de la vida familiar y base de la vida social.
En el libro del Génesis, leemos que Dios creó al hombre, varón y hembra, y los
bendijo, para que crecieran y se multiplicaran (cf. 1,27-28): Hizo que Adán y
Eva fueran padres, los cuales, cumpliendo la bendición de Dios de ser fecundos
y multiplicarse, concibieron la primera fraternidad, la de Caín y Abel. Caín y
Abel eran hermanos, porque vienen del mismo vientre, y por lo tanto tienen el
mismo origen, naturaleza y dignidad de sus padres, creados a imagen y semejanza
de Dios.
Pero la fraternidad expresa también la multiplicidad y diferencia que hay entre
los hermanos, si bien unidos por el nacimiento y por la misma naturaleza y
dignidad. Como hermanos y hermanas, todas las personas están por naturaleza
relacionadas con las demás, de las que se diferencian pero con las que
comparten el mismo origen, naturaleza y dignidad. Gracias a ello la fraternidad
crea la red de relaciones fundamentales para la construcción de la familia
humana creada por Dios.
Por desgracia, entre la primera creación que narra el libro del Génesis y el
nuevo nacimiento en Cristo, que hace de los creyentes hermanos y hermanas del
«primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8,29), se encuentra la realidad
negativa del pecado, que muchas veces interrumpe la fraternidad creatural y
deforma continuamente la belleza y nobleza del ser hermanos y hermanas de la
misma familia humana. Caín, además de no soportar a su hermano Abel, lo mata
por envidia cometiendo el primer fratricidio. «El asesinato de Abel por parte
de Caín deja constancia trágicamente del rechazo radical de la vocación a ser
hermanos. Su historia (cf. Gn 4,1-16) pone en evidencia la dificultad de la
tarea a la que están llamados todos los hombres, vivir unidos, preocupándose
los unos de los otros». (2)
También en la historia de la familia de Noé y sus hijos (cf. Gn 9,18-27), la
maldad de Cam contra su padre es lo que empuja a Noé a maldecir al hijo
irreverente y bendecir a los demás, que sí lo honraban, dando lugar a una
desigualdad entre hermanos nacidos del mismo vientre.
En la historia de los orígenes de la familia humana, el pecado de la separación
de Dios, de la figura del padre y del hermano, se convierte en una expresión
del rechazo de la comunión traduciéndose en la cultura de la esclavitud (cf. Gn
9,25-27), con las consecuencias que ello conlleva y que se perpetúan de
generación en generación: rechazo del otro, maltrato de las personas, violación
de la dignidad y los derechos fundamentales, la institucionalización de la
desigualdad. De ahí la necesidad de convertirse continuamente a la Alianza,
consumada por la oblación de Cristo en la cruz, seguros de que «donde abundó el
pecado, sobreabundó la gracia... por Jesucristo» (Rm 5,20.21). Él, el Hijo
amado (cf. Mt 3,17), vino a revelar el amor del Padre por la humanidad. El que
escucha el evangelio, y responde a la llamada a la conversión, llega a ser en
Jesús «hermano y hermana, y madre» (Mt 12,50) y, por tanto, hijo adoptivo de su
Padre (cf. Ef. 1,5).
No se llega a ser cristiano, hijo del Padre y hermano en Cristo, por una
disposición divina autoritativa, sin el concurso de la libertad personal, es
decir, sin convertirse libremente a Cristo. El ser hijo de Dios responde al
imperativo de la conversión: «Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros
en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de vuestros pecados, y recibiréis
el don del Espíritu Santo» (Hch 2,38). Todos los que respondieron con la fe y
la vida a esta predicación de Pedro entraron en la fraternidad de la primera
comunidad cristiana (cf. 1 P 2,17; Hch 1,15.16; 6,3; 15,23): judíos y griegos,
esclavos y hombres libres (cf. 1 Co 12,13; Ga 3,28), cuya diversidad de origen
y condición social no disminuye la dignidad de cada uno, ni excluye a nadie de
la pertenencia al Pueblo de Dios. Por ello, la comunidad cristiana es el lugar
de la comunión vivida en el amor entre los hermanos (cf. Rm 12,10; 1 Ts 4,9; Hb
13,1; 1 P 1,22; 2 P 1,7).
Todo esto demuestra cómo la Buena Nueva de Jesucristo, por la que Dios hace
«nuevas todas las cosas» (Ap 21,5), (3) también es capaz de redimir las
relaciones entre los hombres, incluida aquella entre un esclavo y su amo,
destacando lo que ambos tienen en común: la filiación adoptiva y el vínculo de
fraternidad en Cristo. El mismo Jesús dijo a sus discípulos: «Ya no os llamo
siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros os llamo
amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn
15,15).
Múltiples rostros de la esclavitud de entonces y de ahora
3. Desde tiempos inmemoriales, las diferentes sociedades humanas conocen el
fenómeno del sometimiento del hombre por parte del hombre. Ha habido períodos
en la historia humana en que la institución de la esclavitud estaba
generalmente aceptada y regulada por el derecho. Éste establecía quién nacía
libre, y quién, en cambio, nacía esclavo, y en qué condiciones la persona
nacida libre podía perder su libertad u obtenerla de nuevo. En otras palabras,
el mismo derecho admitía que algunas personas podían o debían ser consideradas
propiedad de otra persona, la cual podía disponer libremente de ellas; el
esclavo podía ser vendido y comprado, cedido y adquirido como una mercancía.
Hoy, como resultado de un desarrollo positivo de la conciencia de la humanidad,
la esclavitud, crimen de lesa humanidad, (4) está oficialmente abolida en
el mundo. El derecho de toda persona a no ser sometida a esclavitud ni a
servidumbre está reconocido en el derecho internacional como norma inderogable.
Sin embargo, a pesar de que la comunidad internacional ha adoptado diversos
acuerdos para poner fin a la esclavitud en todas sus formas, y ha dispuesto
varias estrategias para combatir este fenómeno, todavía hay millones de
personas –niños, hombres y mujeres de todas las edades– privados de su libertad
y obligados a vivir en condiciones similares a la esclavitud.
Me refiero a tantos trabajadores y trabajadoras, incluso menores, oprimidos de
manera formal o informal en todos los sectores, desde el trabajo doméstico al
de la agricultura, de la industria manufacturera a la minería, tanto en los
países donde la legislación laboral no cumple con las mínimas normas y
estándares internacionales, como, aunque de manera ilegal, en aquellos cuya
legislación protege a los trabajadores.
Pienso también en las condiciones de vida de muchos emigrantes que, en su dramático
viaje, sufren el hambre, se ven privados de la libertad, despojados de sus
bienes o de los que se abusa física y sexualmente. En aquellos que, una vez
llegados a su destino después de un viaje durísimo y con miedo e inseguridad,
son detenidos en condiciones a veces inhumanas. Pienso en los que se ven
obligados a la clandestinidad por diferentes motivos sociales, políticos y
económicos, y en aquellos que, con el fin de permanecer dentro de la ley,
aceptan vivir y trabajar en condiciones inadmisibles, sobre todo cuando las
legislaciones nacionales crean o permiten una dependencia estructural del
trabajador emigrado con respecto al empleador, como por ejemplo cuando se
condiciona la legalidad de la estancia al contrato de trabajo... Sí, pienso en
el «trabajo esclavo».
Pienso en las personas obligadas a ejercer la prostitución, entre las que hay
muchos menores, y en los esclavos y esclavas sexuales; en las mujeres obligadas
a casarse, en aquellas que son vendidas con vistas al matrimonio o en las
entregadas en sucesión, a un familiar después de la muerte de su marido, sin
tener el derecho de dar o no su consentimiento.
No puedo dejar de pensar en los niños y adultos que son víctimas del tráfico y
comercialización para la extracción de órganos, para ser reclutados como
soldados, para la mendicidad, para actividades ilegales como la producción o
venta de drogas, o para formas encubiertas de adopción internacional.
Pienso finalmente en todos los secuestrados y encerrados en cautividad por
grupos terroristas, puestos a su servicio como combatientes o, sobre todo las
niñas y mujeres, como esclavas sexuales. Muchos de ellos desaparecen, otros son
vendidos varias veces, torturados, mutilados o asesinados.
Algunas causas profundas de la esclavitud
4. Hoy como ayer, en la raíz de la esclavitud se encuentra una concepción de la
persona humana que admite el que pueda ser tratada como un objeto. Cuando el
pecado corrompe el corazón humano, y lo aleja de su Creador y de sus
semejantes, éstos ya no se ven como seres de la misma dignidad, como hermanos y
hermanas en la humanidad, sino como objetos. La persona humana, creada a imagen
y semejanza de Dios, queda privada de la libertad, mercantilizada, reducida a
ser propiedad de otro, con la fuerza, el engaño o la constricción física o
psicológica; es tratada como un medio y no como un fin.
Junto a esta causa ontológica –rechazo de la
humanidad del otro¬ hay otras que ayudan a explicar las formas contemporáneas
de la esclavitud. Me refiero en primer lugar a la pobreza, al subdesarrollo y a
la exclusión, especialmente cuando se combinan con la falta de acceso a la
educación o con una realidad caracterizada por las escasas, por no decir
inexistentes, oportunidades de trabajo. Con frecuencia, las víctimas de la
trata y de la esclavitud son personas que han buscado una manera de salir de un
estado de pobreza extrema, creyendo a menudo en falsas promesas de trabajo,
para caer después en manos de redes criminales que trafican con los seres
humanos. Estas redes utilizan hábilmente las modernas tecnologías informáticas
para embaucar a jóvenes y niños en todas las partes del mundo.
Entre las causas de la esclavitud hay que incluir
también la corrupción de quienes están dispuestos a hacer cualquier cosa para
enriquecerse. En efecto, la esclavitud y la trata de personas humanas requieren
una complicidad que con mucha frecuencia pasa a través de la corrupción de los
intermediarios, de algunos miembros de las fuerzas del orden o de otros agentes
estatales, o de diferentes instituciones, civiles y militares. «Esto sucede
cuando al centro de un sistema económico está el dios dinero y no el hombre, la
persona humana. Sí, en el centro de todo sistema social o económico, tiene que
estar la persona, imagen de Dios, creada para que fuera el dominador del
universo. Cuando la persona es desplazada y viene el dios dinero sucede esta
trastocación de valores». (5)
Otras causas de la esclavitud son los conflictos armados, la violencia, el
crimen y el terrorismo. Muchas personas son secuestradas para ser vendidas o
reclutadas como combatientes o explotadas sexualmente, mientras que otras se
ven obligadas a emigrar, dejando todo lo que poseen: tierra, hogar,
propiedades, e incluso la familia. Éstas últimas se ven empujadas a buscar una
alternativa a esas terribles condiciones aun a costa de su propia dignidad y
supervivencia, con el riesgo de entrar de ese modo en ese círculo vicioso que
las convierte en víctimas de la miseria, la corrupción y sus consecuencias
perniciosas.
Compromiso común para derrotar la esclavitud
5. Con frecuencia, cuando observamos el fenómeno de la trata de personas, del
tráfico ilegal de los emigrantes y de otras formas conocidas y desconocidas de
la esclavitud, tenemos la impresión de que todo esto tiene lugar bajo la
indiferencia general.
Aunque por desgracia esto es cierto en gran parte, quisiera mencionar el gran
trabajo silencioso que muchas congregaciones religiosas, especialmente
femeninas, realizan desde hace muchos años en favor de las víctimas. Estos
Institutos trabajan en contextos difíciles, a veces dominados por la violencia,
tratando de romper las cadenas invisibles que tienen encadenadas a las víctimas
a sus traficantes y explotadores; cadenas cuyos eslabones están hechos de
sutiles mecanismos psicológicos, que convierten a las víctimas en dependientes
de sus verdugos, a través del chantaje y la amenaza, a ellos y a sus seres
queridos, pero también a través de medios materiales, como la confiscación de
documentos de identidad y la violencia física. La actividad de las congregaciones
religiosas se estructura principalmente en torno a tres acciones: la asistencia
a las víctimas, su rehabilitación bajo el aspecto psicológico y formativo, y su
reinserción en la sociedad de destino o de origen.
Este inmenso trabajo, que requiere coraje,
paciencia y perseverancia, merece el aprecio de toda la Iglesia y de la
sociedad. Pero, naturalmente, por sí solo no es suficiente para poner fin al
flagelo de la explotación de la persona humana. Se requiere también un triple
compromiso a nivel institucional de prevención, protección de las víctimas y
persecución judicial contra los responsables. Además, como las organizaciones
criminales utilizan redes globales para lograr sus objetivos, la acción para
derrotar a este fenómeno requiere un esfuerzo conjunto y también global por
parte de los diferentes agentes que conforman la sociedad.
Los Estados deben vigilar para que su legislación
nacional en materia de migración, trabajo, adopciones, deslocalización de
empresas y comercialización de los productos elaborados mediante la explotación
del trabajo, respete la dignidad de la persona. Se necesitan leyes justas,
centradas en la persona humana, que defiendan sus derechos fundamentales y los
restablezcan cuando son pisoteados, rehabilitando a la víctima y garantizando
su integridad, así como mecanismos de seguridad eficaces para controlar la
aplicación correcta de estas normas, que no dejen espacio a la corrupción y la
impunidad. Es preciso que se reconozca también el papel de la mujer en la
sociedad, trabajando también en el plano cultural y de la comunicación para
obtener los resultados deseados.
Las organizaciones intergubernamentales, de acuerdo
con el principio de subsidiariedad, están llamadas a implementar iniciativas
coordinadas para luchar contra las redes transnacionales del crimen organizado
que gestionan la trata de personas y el tráfico ilegal de emigrantes. Es
necesaria una cooperación en diferentes niveles, que incluya a las
instituciones nacionales e internacionales, así como a las organizaciones de la
sociedad civil y del mundo empresarial.
Las empresas (6), en efecto, tienen el deber de garantizar a sus
empleados condiciones de trabajo dignas y salarios adecuados, pero también han
de vigilar para que no se produzcan en las cadenas de distribución formas de
servidumbre o trata de personas. A la responsabilidad social de la empresa hay
que unir la responsabilidad social del consumidor. Pues cada persona debe ser
consciente de que «comprar es siempre un acto moral, además de económico». (7)
Las organizaciones de la sociedad civil, por su parte, tienen la tarea de
sensibilizar y estimular las conciencias acerca de las medidas necesarias para
combatir y erradicar la cultura de la esclavitud.
En los últimos años, la Santa Sede, acogiendo el
grito de dolor de las víctimas de la trata de personas y la voz de las
congregaciones religiosas que las acompañan hacia su liberación, ha
multiplicado los llamamientos a la comunidad internacional para que los
diversos actores unan sus esfuerzos y cooperen para poner fin a esta
plaga.(8) Además, se han organizado algunos encuentros con el fin de dar
visibilidad al fenómeno de la trata de personas y facilitar la colaboración
entre los diferentes agentes, incluidos expertos del mundo académico y de las
organizaciones internacionales, organismos policiales de los diferentes países
de origen, tránsito y destino de los migrantes, así como representantes de
grupos eclesiales que trabajan por las víctimas. Espero que estos esfuerzos
continúen y se redoblen en los próximos años.
Globalizar la fraternidad, no la esclavitud ni la indiferencia
6. En su tarea de «anuncio de la verdad del amor de Cristo en la sociedad», (9)
la Iglesia se esfuerza constantemente en las acciones de carácter caritativo
partiendo de la verdad sobre el hombre. Tiene la misión de mostrar a todos el
camino de la conversión, que lleve a cambiar el modo de ver al prójimo, a
reconocer en el otro, sea quien sea, a un hermano y a una hermana en la
humanidad; reconocer su dignidad intrínseca en la verdad y libertad, como nos
lo muestra la historia de Josefina Bakhita, la santa proveniente de la región
de Darfur, en Sudán, secuestrada cuando tenía nueve años por traficantes de
esclavos y vendida a dueños feroces. A través de sucesos dolorosos llegó a ser
«hija libre de Dios», mediante la fe vivida en la consagración religiosa y en
el servicio a los demás, especialmente a los pequeños y débiles. Esta Santa,
que vivió entre los siglos XIX y XX, es hoy un testigo ejemplar de esperanza (10)
para las numerosas víctimas de la esclavitud y un apoyo en los esfuerzos de
todos aquellos que se dedican a luchar contra esta «llaga en el cuerpo de la
humanidad contemporánea, una herida en la carne de Cristo».(11)
En esta perspectiva, deseo invitar a cada uno,
según su puesto y responsabilidades, a realizar gestos de fraternidad con los
que se encuentran en un estado de sometimiento. Preguntémonos, tanto
comunitaria como personalmente, cómo nos sentimos interpelados cuando
encontramos o tratamos en la vida cotidiana con víctimas de la trata de
personas, o cuando tenemos que elegir productos que con probabilidad podrían
haber sido realizados mediante la explotación de otras personas. Algunos hacen
la vista gorda, ya sea por indiferencia, o porque se desentienden de las
preocupaciones diarias, o por razones económicas. Otros, sin embargo, optan por
hacer algo positivo, participando en asociaciones civiles o haciendo pequeños
gestos cotidianos –que son tan valiosos–, como decir una palabra, un saludo, un
«buenos días» o una sonrisa, que no nos cuestan nada, pero que pueden dar
esperanza, abrir caminos, cambiar la vida de una persona que vive en la
invisibilidad, e incluso cambiar nuestras vidas en relación con esta realidad.
Debemos reconocer que estamos frente a un fenómeno
mundial que sobrepasa las competencias de una sola comunidad o nación. Para
derrotarlo, se necesita una movilización de una dimensión comparable a la del
mismo fenómeno. Por esta razón, hago un llamamiento urgente a todos los hombres
y mujeres de buena voluntad, y a todos los que, de lejos o de cerca, incluso en
los más altos niveles de las instituciones, son testigos del flagelo de la
esclavitud contemporánea, para que no sean cómplices de este mal, para que no
aparten los ojos del sufrimiento de sus hermanos y hermanas en humanidad,
privados de libertad y dignidad, sino que tengan el valor de tocar la carne
sufriente de Cristo,(12) que se hace visible a través de los numerosos
rostros de los que él mismo llama «mis hermanos más pequeños» (Mt 25,40.45).
Sabemos que Dios nos pedirá a cada uno de nosotros:
¿Qué has hecho con tu hermano? (cf. Gn 4,9-10). La globalización de la
indiferencia, que ahora afecta a la vida de tantos hermanos y hermanas, nos
pide que seamos artífices de una globalización de la solidaridad y de la
fraternidad, que les dé esperanza y los haga reanudar con ánimo el camino, a
través de los problemas de nuestro tiempo y las nuevas perspectivas que trae
consigo, y que Dios pone en nuestras manos.
Vaticano, 8 de diciembre de 2014
(1) N. 1.
(2) Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2014, 2.
(3) Cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 11.
(4) Cf. Discurso a la Asociación internacional de Derecho penal, 23
octubre 2014:
L’Osservatore Romano, Ed. lengua española, 31 octubre 2014, p.
8.
(5) Discurso a los participantes en el encuentro mundial de los
movimientos populares, 28 octubre 2014:
L’Osservatore
Romano, Ed. lengua española, 31 octubre 2014, p. 3.
(6) Cf. PONTIFICIO CONSEJO PARA LA JUSTICIA Y LA PAZ, La
vocazione del leader
d’impresa.
Una riflessione, Milano e
Roma, 2013.
(7) BENEDICTO XVI, Cart. enc. Caritas in veritate, 66.
(8) Cf. Mensaje al Sr. Guy Ryder, Director
general de la Organización internacional del trabajo, con motivo de la Sesión
103 de la Conferencia de la OIT, 22 mayo 2014: L’Osservatore Romano, Ed. leng.
española 6 junio 2014, p. 3.
(9) BENEDICTO XVI, Carta. enc. Caritas in veritate, 5.
(10) «A través del conocimiento de esta esperanza ella fue “redimida”, ya
no se sentía esclava, sino hija libre de Dios. Entendió lo que Pablo quería
decir cuando recordó a los Efesios que antes estaban en el mundo sin esperanza
y sin Dios» (BENEDICTO XVI, Carta. enc. Spe salvi, 3).
(11) Discurso a los participantes en la II Conferencia internacional
sobre la Trata de personas:
Church and Law
Enforcement in partnership, 10 abril 2014: L’Osservatore Romano, Ed. leng.
española 11 abril 2014, p. 9; cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 270.
(12) Cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 24; 270.